"Diosquierita que a la Argentina le vaya bien". Iván Paz tiene 12 años y, como cualquier otro chico de su edad, sólo piensa en fútbol. A diario, mientras pisa el suelo exageradamente arenoso de la finca diminuta de su mamá para controlar los cercos, o cuando va al monte a buscar leña para cocinar, imagina a sus ídolos, Martín Palermo y Lionel Messi (en ese orden), corriendo por encima de la alfombra verde de los estadios que ve por TV. Iván ayer se zambulló en fútbol. Con una camiseta de la Selección (quién sabe de qué temporada) debajo de una campera bien finita, unió su garganta infantil a las de otros 107 chicos para gritar frente a las pantallas de la camioneta de LA GACETA del Mundial el gol inesperado que Suiza le hizo a España.
En la escuela 132 "Para la Paz", en Los Romano, el torneo está en todos los rincones. Estos chicos (muchos viven en casas desperdigadas por el monte) sienten un amor inocente, sincero, transparente por el fútbol. No hay rivalidad entre "santos" y "decanos" ni interés por las nimiedades de un ambiente que está demasiado lejos del pueblo. Para ellos, el centro de la cuestión está en encontrar la forma de tratar todos los días un poco mejor a la pelota.
Con una vincha albiceleste en la cabeza, Iván sonreía frente a las pantallas que transmitían los inútiles esfuerzos de los españoles. Al principio, la timidez que imprime el campo le cortaba las palabras. Mirando el suelo se definió como hincha de Boca y de la Selección. Pero su personalidad cambió cuando la pelota comenzó a correr por el patio de la escuela. Ubicado cerca del arco contrario (como si intentara emular a alguno de sus ídolos) corrió, se tiró, saltó y se revolcó tratando de hacer un gol.
Ahorita no más
A Iván la vida le hace fouls. Como sucede con varios de sus compañeros, además de ir a la escuela debe trabajar en el campo. "Yo aro la tierra y siembro. Ahorita nomás tengo que empezar a deshojar el maíz y ya no puedo venir a la escuela", explicó. Eso significa que tampoco podrá jugar al fútbol.
En la cabeza de este niño -que en muchos aspectos lleva la vida de un hombre- la pelota tiene un lugar preferencial. Incluso, contó que cuando viene a la capital a visitar a su hermana, su única diversión es jugar al fútbol ("me aburro allá, porque no me dejan salir").
El y muchos de sus amigos tienen el mismo objetivo: ser futbolistas. Cada uno resaltó sus cualidades en la cancha y todos recordaron el último triunfo por dos goles sobrel equipo de los chicos de Lunarejo, el pueblo vecino.
De todos modos, algo les dice que hay que tener un plan B. Si no triunfa en el fútbol, Iván quiere ser policía. "Para recorrer la calle y hacer respetar las normas de tránsito", afirmó. Ojalá que la vida no le haga más fouls.